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Batalla de Chacabuco

Pedro Subercasseaux fue un pintor chileno, íntimamente relacionado con las pinturas de historia, que las Academias del siglo XIX consideraban la más elevada de las expresiones plásticas.

Pedro Subercasseaux fue un pintor chileno, íntimamente relacionado con las pinturas de historia, que las Academias del siglo XIX consideraban la más elevada de las expresiones plásticas. Parte de sus pinturas expresan momentos culminantes de la gesta sanmartiniana, ya que sintió desde joven la atracción por el pasado heroico al convivir espiritualmente con el vencedor de Chacabuco y Maipú.
Enamorado de la época de la génesis de las naciones chilena y argentina, dejó en sus telas manifestaciones estéticas orientadas a inmortalizar el pasado. Un pasado en el que Subercaseaux convivió con O'Higgins y San Martín. Pedro Subercaseaux perteneció a prominentes familias chilenas, vinculadas a la industria vitivinícola y a la política. Desde temprana edad sintió inclinación por el arte y encontró en la pintura la posibilidad de expresar su vocación humanista y estética. En Europa –había nacido en Roma en 1881– estudió en diversas escuelas y talleres de pintura obteniendo sus primeros premios como artista.
Al regresar a Chile en 1902, abordó la pintura de historia para narrar el pasado de su patria, cuya Independencia está íntimamente vinculada al movimiento emancipador del Río de la Plata y a San Martín. Luego su vinculación con el director y fundador del MHN, Adolfo P. Carranza, lo llevaron a incursionar en el pasado argentino, en particular de la Revolución de Mayo y Mariano Moreno.
 
El óleo de Pedro Subercaseaux “Chacabuco” nos presenta al general José de San Martín, montado en un caballo blanco, sobre un promontorio, observando el avance de sus fuerzas en la cuesta de Chacabuco. Es casi habitual en la iconografía sanmartiniana ver al “héroe de los Andes” en un caballo blanco. Es una cuestión simbólica. Como el general José de San Martín, es el máximo héroe nacional, su caballo por ser el que corresponde a un héroe, es el de la luz y como ésta es blanca, tal es el color del caballo. En efecto, en el periplo del héroe, este asciende de la tierra al cielo y transforma las energías telúricas o de la tierra en energías celestes o del cielo, asciende hacia la luz y entonces su cabalgadura se torna blanca. Son suyas las energías celestiales o lumínicas. Asimismo y atendiendo a la dimensión polivalente del símbolo, el color blanco del caballo nos remite a la antigüedad clásica.
Los diferentes significados que se atribuyen al blanco y a la blancura ponen de manifiesto la conocida distinción entre los textos complejos y los sencillos materiales visuales considerados carentes de valor. El blanco nos conduce al lugar al que se le atribuyó el origen del arte occidental y sus mayores formas conocidas: la escultura griega y romana. En el siglo XIX, la belleza de estas esculturas se realzaba con el mármol blanco puro” (1).
En efecto, siendo las esculturas griegas de la época clásica formas artísticas de dioses y héroes, el color blanco del caballo de San Martín lo asocia a los héroes de la antigüedad. No interesa aquí la contradicción entre el proceso histórico real y la iconografía. No importa cómo eran los caballos reales de San Martín, sólo cuenta el simbolismo del héroe. Bartolomé Mitre señala que al momento de producirse la batalla de Chacabuco, San Martín se encontraba debilitado de salud. Pero el San Martín de 1817 ya no es el militar que sable en mano atacaba a los enemigos, sino el estratega que gana con su inteligencia y dirección las batallas.
Concretamente dice Mitre: “Ya no era San Martín el sableador de Arjonilla o de Bailén y San Lorenzo; ganaba las batallas en su almohada, fijando de antemano el día y el sitio preciso, y precisamente en este mismo día estaba aquejado de un ataque reumático nervioso que apenas le permitía mantenerse a caballo. Era su cabeza y no su cuerpo la que combatía (...) El mérito militar de la batalla de Chacabuco consiste precisamente en lo contrario de lo que constituye la gloria de las batallas. Resultado lógico de las hábiles combinaciones estratégicas de la invasión, estaba ganada por el general antes que los soldados la dieran, respondiendo a un plan metódico en que hasta los días estaban contados y los resultados previstos” (2).
Hacia la derecha del óleo aparece, como ya dijimos, representado San Martín sobre un caballo blanco, casi de espaldas al espectador, dejando ver su perfil izquierdo. Se destacan su pronunciada patilla, el falucho o sombrero elástico, la parte trasera de su uniforme, el sable corvo y la bota granadera de su pie izquierdo. Lo acompañan oficiales que integran su Estado Mayor y dos banderas, una de ellas a dos franjas horizontales de color celeste y blanco. San Martín observa el ataque de sus fuerzas. La infantería bajando la cuesta y atacando frontalmente al enemigo, mientras la caballería, rebasándolo por el flanco derecho en una maniobra envolvente. También se divisan hacia el centro, por debajo del promontorio donde se encuentran San Martín y sus oficiales, piezas de artillería haciendo fuego. En el fondo se recuestan las últimas estribaciones montañosas y un cielo parcialmente nublado. La geografía está dada por la cordillera de los Andes.
Dice Mitre de este paisaje: “La serranía de Chacabuco, sobre la cual estaba calcado el plan, es un cordón transversal de altas montañas, que se desprende de los macizos contiguos de Uspallata y de Tupungato de la gran cordillera en dirección al oeste, y se prolonga hasta la costa del mar, midiendo su cumbre 1.280 metros de elevación.
En su promedio está situada la cuesta, que se desenvuelve en suaves planos inclinados por la parte del norte en una extensión de seis kilómetros, siendo más largo y más áspero el descenso por la parte sur. Como a cinco kilómetros antes de llegar a la cumbre, el camino se bifurca en dos senderos, que forman ángulo agudo. El de la izquierda, que es el más corto y el más recto, pero más pendiente, conduce a la llamada ‘Cuesta Vieja’ - que era entonces el camino real, y hoy es de herradura-, y que desde aquél día se denominó ‘Quebrada de los cuyanos’.
El otro, situado más al oeste, conduce a la ‘Cuesta Nueva’, que es actualmente el camino carretero, y que en aquella época era poco conocido. Ambos caminos desembocan en el llano opuesto de Chacabuco con intervalo como de 2.500 metros. Desde su mayor altura, coronada de bosquecillos de quillay, árbol siempre verde, que a la distancia semejan grupos de laureles, se domina un vasto y pintoresco panorama. A su pie se extiende la planicie que comienza entre las quebradas del este de Chacabuco, y se prolonga como doce kilómetros hacia el sur en dirección a Santiago hasta el portezuelo del cordón de Colina, que lo limita. Hacia el oriente, se levanta la gran cordillera con sus estupendos nevados entre el Aconcagua y el Tupungato, en cuyo fondo iluminado, al nacer y ponerse el sol, se funden con rico colorido todas las medias tintas transparentes del iris, desde el rocicler encendido de la aurora hasta el verde pálido del ocaso, bajo uno de los cielos más bellos del mundo. Al occidente, negras y agrestes, se prolongan las montañas achatadas que forman la continuación del crestón de Chacabuco hasta unirse con la cordillera marítima” (3).
Entre la descripción geográfica que hace Mitre de la cuesta de Chacabuco y la representación plástica de Subercaseaux hay notables diferencias. Por empezar no hay en el óleo bosquecillos de quillay ni grupos de laureles. El cielo ocupa toda la parte superior del óleo, pero plásticamente no podemos decir “que es uno de los cielos más bellos del mundo”; no hay un destaque del cielo respecto del conjunto de la composición, como para que su presencia deslumbre al espectador, hasta crear la sensación de una belleza magna e incomparable. Hasta podríamos decir que es el cielo común a un paisaje, sin mayores pretensiones estéticas. Por otra parte el paisaje esta subsumido en el acontecer bélico. San Martín y su Estado Mayor en un primer plano, a la derecha del óleo, dominan el conjunto de la escena y por consiguiente el paisaje. Este no envuelve la acción, sino que impone su presencia en el mismo.
Es un óleo bélico, la pintura de una batalla. El arte pictórico inmortaliza en la tela a la batalla de Chacabuco, primera entre las libradas por San Martín, para la liberación del país trasandino. La misma se libró en febrero de 1817, cuando el conjunto del ejército sanmartiniano aún no había concluido de atravesar los Andes. El óleo de Pedro Subercaseaux “Batalla de Chacabuco” ingresó al MHN por donación de Enriqueta del Solar Dorrego de García el 18 de septiembre de 1948.
 
1.- MIRZOEFF, Nicholas; “Una Introducción a la Cultura Visual”, Paidos, Barcelona, 2003, p. 92.
2.- MITRE, Bartolomé; “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana”, EUDEBA, Bs As, 1977, Tomo I, p. 371-376.
3.- MITRE, Bartolomé; Ob. Cit., Tomo I, pp. 368-369.
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