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Museo Histórico Nacional

Para conocer más sobre las obras de Cándido López

En el marco de la exhibición Panorama Cándido, presentamos los cuadros de Cándido López que forman parte de la colección del museo.

Uno de los rasgos de la obra de Cándido López sobre la Guerra de la Triple Alianza es que no solo pintó los combates, de acuerdo a la tradición de pintura de batallas, sino también otros aspectos del conflicto, como las marchas del ejército y la vida en los campamentos.
 
Este cuadro se titula "Campamento en marcha, 16 de noviembre de 1865. Pasaje del río Batel, Provincia de Corrientes". De izquierda a derecha, columnas de soldados esperan y otras cruzan el río. Los que organizan sus pertrechos están desnudos de medio cuerpo y charlan entre sí. Cándido alternó los colores de pieles, visibles en las piernas, manos y rostros. La segregación por colores de piel en las unidades militares ya no regía en el ejército argentino.
 
Se ven las carretas tiradas por bueyes y las mulas cargadas. También una mujer montada, una presencia poco usual en sus cuadros. Los soldados van a pie y los jefes a caballo. Algunos avanzan al galope. 

Asimismo, están retratadas las bandas de música, que solía marchar primero, marcando el ritmo del paso. Instrumentos de percusión y viento -tambores, cajas, cornetas- aguardan a ser cruzados por sus intérpretes. Un total de 25 bandas militares actuaron en la guerra, 19 de las cuales fueron especialmente creadas para ella.

Los cuadros de Cándido López se pueden recorrer en todas las direcciones. En el catálogo que publicado en 1887 sobre su primera exhibición, Cándido le dedicó una descripción a cada obra, basándose en sus diarios.

Sobre este cuadro comentó que el ejército argentino estuvo apostado en Ensenadita, Corrientes, por más de tres meses -de diciembre de 1865 a abril de 1866- recibiendo contingentes de soldados de las provincias distantes. Cuando el primer cuerpo se movilizó, acampó en el monte de la costa del Paraná “entre retazos de esteros intransitables”, como el que figura en el cuadro, y donde algunos soldados parecen pescar.

Y como si la acción se desarrollara frente a sus ojos nuevamente, decía: “En estos momentos llegan los soldados de la carneada poco antes de la lista de la tarde”. La ración o el “rancho” debía consistir en carne fresca, fariña, galleta y sal.

En ese atardecer, la ropa lavada se secaba sobre las carpas, los fuegos estaban encendidos, aún no había sonado el toque de corneta de retreta, que indicaba la formación y el repaso de la lista. En este primer tramo de la guerra, se buscó entrenar a las tropas y forjar un sentimiento de camaradería, para mejorar el desempeño del ejército.

En primer plano se ve el Batallón San Nicolás, al que pertenecía Cándido. El vigía ya está en su puesto. Algunos soldados escuchan recostados lo que otros relatan.Se pueden deducir las expresiones de sus caras a través de sus posturas. Un soldado pareciera estar escribiendo o boceteando, como hacía el propio Cándido.

En su catálogo de 1887, Cándido López dedicó varios párrafos a reconstruir la experiencia que inspiró esta pintura. Empezaba por reconocer la limitación de la tela y el marco para capturarla: “Este campamento es muchísimo más extenso que lo que representa este cuadro”. Se trata de un campamento del ejército paraguayo, incendiado con el repliegue de sus tropas hacia su territorio, después de ser derrotadas en Brasil y Argentina.

Cándido relataba cómo “solo la casualidad” reveló su existencia:

“Mi capitán y amigo Don Carmen Boerr, observó que un soldado de la compañía llegaba a la cuadra con un tiesto de cocina, y averiguó cómo lo había obtenido, y por él supo la existencia de este campamento; me dio noticias de él, y más tarde nos acompañamos para hacer este paseo, paseo en que anduvimos con el agua a la cintura”.

Las osamentas de animales rapiñadas por aves carroñeras no figuraban en el boceto. Y las cruces del cementerio apenas asomaban. Cándido decidió incorporar estos elementos dramáticos. El cielo “nebuloso” y los charcos aparecieron en la pintura y el color, y entre ellos, los “ralos árboles”.

Varias situaciones llamaron su atención. En primer lugar, el ejército paraguayo no empleaba carpas sino que construía ranchos. Al pie de los colgaderos de carne había “ruedas cenicientas” alineadas, que habían sido fogones. También había una curtiembre de suelas. Y por último destacó la “mucha limpieza”, dado que “al pie de un pequeño bosquecillo estaban reunidos todos los huesos y residuos”.

El río Paraná a la altura de Empedrado, Corrientes, corre entre unas barrancas de un color león. En la descripción que hizo de este cuadro en 1887, su autor, el pintor y veterano de la Guerra de la Triple Alianza, Cándido López, comentaba que “después de una sofocante marcha con un sol abrasador”, el ejército argentino acampó en este pueblo. Y las barrancas lo deslumbraron: “Lo que es verdaderamente pintoresco y caprichoso es su elevada barranca [...] llena de picos, panes, promontorios y socavones, tan particulares que se puede caminar toda la costa sin cansar la vista”.

En el cuadro se ven una serie de embarcaciones a vela que llegan y salen de la orilla. El río refleja el color del cielo. Unos cuantos soldados se bañan en él, otros trasladan de a dos lo que parecen ser pescados. Mientras los marineros esperan que esté listo lo que se cocina en una cacerola al fuego, y enrollan una tela. Esta situación no está en el boceto. En su relato, narraba que “llegaron muchas embarcaciones con comestibles; todos hicieron buen negocio, porque el comisario venía pagando al ejército”. El pago y el aprovisionamiento en ese momento eran regulares. Y en una nota al pie de página, agregaba: “El pueblito estaba tan desurtido, que puede decirse que no había sino miel y queso”.

Itapirú era una fortificación paraguaya en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. El 18 de abril de 1866 el ejército aliado ocupó la fortaleza abandonada por las fuerzas paraguayas en repliegue.

El año anterior, el primero de la guerra, fue de movimientos. Se peleó principalmente en territorio correntino, invadido por el ejército paraguayo. Cuando en 1866, los aliados invadieron Paraguay, pasó a ser sobre todo una guerra de posiciones.

Cándido López pintó la formación por nacionalidad y batallón. Estáticos, contrastan con los cuerpos ya movilizados, marchando entre los árboles y detrás de ellos. Algunos soldados se saludan.

Los jefes marchan al trote hacia el espectador. De izquierda a derecha se distinguen al general oriental Venancio Flores, seguido del mariscal brasileño Manuel Luis Osorio -que había comandado la expedición-, y por último el general argentino Wenceslao Paunero. Están rodeados por sus ayudantes y una escolta.

Según el relato de Cándido en su catálogo de 1887, después del desembarco las columnas tuvieron que desplazarse en “la marcha más penosa que es posible imaginar, atravesando fangales y riachos con el agua a la cintura. Era ya de noche y teníamos en partes que desfilar de a un soldado, y el ruido de los que iban adelante guiaba a los que le seguían”. Y confesaba con asombro: “Algunos meses después fui a estudiar este terreno con el objeto de sacar algunas vistas, y me parecía imposible que hubiéramos marchado por allí”.

El título de este cuadro es “Ataque del Boquerón visto desde el Potrero Piris”. Esta batalla duró tres días, entre el 16 y el 18 de julio de 1866 y concluyó con una victoria paraguaya. Se calcula que en la batalla murieron 5000 aliados y 2500 paraguayos. Las tropas uruguayas fueron diezmadas.

Al ejército paraguayo no se lo ve en la pintura, pero se lo adivina detrás de la nube de humo, disparando las baterías de artillería. Están apostados detrás de trincheras que probablemente cavaron de noche ocultos detrás de cueros colgados, para no ser descubiertos.

Los proyectiles explotan suspendidos en el aire, en el segundo antes de impactar contra el suelo, estallar o rebotar, con efectos letales para la infantería aliada. El ataque paraguayo ya lleva su tiempo. Los cuerpos están tendidos con los uniformes teñidos por la sangre. Según los partes de la batalla los paraguayos no solo atacaban a los aliados con fuegos, sino también con paladas de arena, y balas y piedras tiradas a mano.

Las formaciones argentinas, brasileñas y uruguayas entran al cuadro desde distintos puntos. Los bosques desordenaban las columnas, provocando flancos fáciles para los fusiles paraguayos.

En este cuadro, Cándido López duplicó el tamaño con el que solía trabajar: mide un metro de alto por dos de ancho. Terminó esta pintura en 1897 y al año siguiente se expuso en la Exposición Nacional, en la sección de Bellas Artes, entre otros artistas. Fue comprado por el gobierno nacional y así ingresó a la colección, más tardíamente que la serie expuesta en su muestra individual de 1885.

Cada semana estaremos agregando una nueva reseña sobre la obra de Cándido López.