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Museo Histórico Nacional

Historia del jardín del Museo

El museo está emplazado en Parque Lezama, en la Ciudad de Buenos Aires, y podés visitarlo de miércoles a domingo y feriados de 11 a 18

En el pasado, el predio que hoy ocupan el Parque Lezama y el Museo Histórico Nacional fue extensiones de tierra y río, habitados por los pueblos querandíes. Por ahí se estima que llegó en 1536 Pedro de Mendoza en lo que se conoce como la primera fundación de Buenos Aires. Desde entonces, las barrancas naturales que aún se conservan albergaron múltiples proyectos: durante la época de la colonia fueron hornos de ladrillos, depósitos esclavos y almacenes de cuero. Más tarde, se convirtieron en la casa y en los jardines de numerosas familias.

En sus orígenes, el Museo Histórico Nacional fue conocido como “la Quinta de los Ingleses”, debido a que la propiedad pertenecía al comerciante inglés Daniel Mackinlay, quien solía colgar a diario la bandera inglesa en el portal de la residencia. Mackinlay le dedicó especial atención a su inmenso jardín, donde sembró huertas y plantó árboles frutales, tarea que continuó el norteamericano Charles Ridgley Horne, cuñado del General Juan Lavalle, quién adquirió la propiedad en 1845.

Horne amplió la casona y compró terrenos vecinos. Su morada fue considerada una de las más lujosas de Buenos Aires, junto con la de Juan Manuel de Rosas, entonces gobernador de Buenos Aires. Ambos compartían una afición por las flores y jardines y solían pasear por el parque compartiendo secretos sobre cultivo de las rosas y árboles exóticos. Debido a esa amistad, y tras la caída de Rosas, Horne tuvo que abandonar el país y vendió su propiedad en 1857 a Gregorio Lezama, un acaudalado comerciante salteño, quien compró los terrenos linderos extendiéndose hasta donde hoy se encuentra la calle Brasil. También enamorado de la jardinería, e influenciado con las ideas de los paisajistas europeos, introdujo en el parque senderos, esculturas en mármol y jarrones renacentistas. Plantó eucaliptos, olmos, lapachos, jacarandás, palos borrachos, camelias, arrayanes y diversas especies exóticas traídas de todas partes del mundo.

Tras la muerte de Lezama, su viuda, Ángela de Álzaga, vendió el predio a la Municipalidad de Buenos Aires y la quinta se destinó a paseo público. Para finales del 1800, asentándose definitivamente en la antigua casona de Lezama, abrió sus puertas el Museo Histórico Nacional, sitio que guarda los principales hitos patrimoniales nuestra historia.

El Parque Lezama se convirtió en un lugar de encuentro de la alta sociedad porteña. En 1914 se incorporaron el anfiteatro con capacidad para 6000 espectadores, y sucesivamente la calesita, circo, un pequeño tren, un lago artificial, y el primer cinematógrafo que hubo en la ciudad.

Hermanados, el Museo y el Parque conviven en uno de los espacios verdes más emblemáticos de Buenos Aires. Desde el centro, mirando hacia los alrededores y tomando los elementos que ofrece el paisaje, se puede reconstruir y debatir acerca de la construcción de la identidad nacional. Y esa es una de las propuestas que el Museo Histórico Nacional ofrece a sus visitantes.